La Inquisición ofrecía mas garantías juridicas que los JVM

ANECDOTARIO DE LA DEGENERADA VIOLENCIA “DE GENERO”. La dominicana despechada

In Casos sangrantes, Hombres maltratados on 8 octubre, 2013 at 20:48

EL CASO DE LA DOMINICANA DESPECHADA
(extraido del libro El Varon Castrado, de Diaz Herrera)

La dominicana Elena, 32 años, llegó a España en 1994. Tras largos años de trabajo en el servicio doméstico, cuando creyó que tenía suficiente dinero para alquilar una casa, envió cierta cantidad a la República Dominicana para que vinieran su marido y sus hijos, de los que lleva separados seis años.

Pero su marido, Juan, 39 años, se gastó el dinero en prostitutas y alcohol y tuvo que quedarse en su país.

Al enterarse de lo ocurrido, su mujer lo perdonó. Acto seguido le envió un billete de avión para que pudiera volar por Dominicana de Aviación.

Al poco tiempo llegó a Madrid y se establecieron en un piso junto con otros dominicanos. En las primeras semanas, el matrimonio iba de maravilla. Menos en una cosa: mientras Elena trabajaba de seis de la mañana a diez de la noche, su marido se pasaba el día tumbado en la cama.

-Hoy tampoco he encontrado trabajo, mi amó- le decía Juan.

Su mujer, con tal de volver a estar juntos y felices, aceptó la situación y se dedicó a mantenerlo. Hasta que un día llegó a su casa antes de lo habitual y lo encontró haciendo el amor en su alcoba con la mujer del portero.

Hecha una furia, bajó las escaleras.

-¿Pero usted no ha visto a su mujer follándose a mi marido? -le preguntó, indignada, al portero-. ¿Dónde tiene usted los huevos?
-Ya lo sé. Hace varias semanas que ese par de cabrones no han nada más que joder. -¿Qué puedo hacer? Si le recrimino, me denuncia en el Juzgado de Violencia de Género. Pierdo a mis hijos, el piso. Prefiero aguantar a que se le pase el furor uterino.

La dominicana, 1,90 de estatura, con unas manos tremendas, volvió a la habitación, cogió una alpargata y le dio una zurra a su marido. Para quitarle las malas intenciones, decidió que lo mejor era cambiar de casa.

Pero entonces su amante abandonó al portero y se fue a vivir con el dominicano.
Elena volvió a descubrirlos. Esta vez le dio una descomunal paliza a la pareja de tortolitos en un bar. A partir de entonces, se pusieron once demandas mutuas y el asunto acabó en un Juzgado Penal de Madrid.

Antes de entrar en la vista oral, el abogado de la mujer, Gustavo Fajardo, le explicó cuáles eran las normas que regían en los Tribunales españoles.

-Nada de regañar a su marido ni a la amante de éste, sólo hable cuando le pregunten -le dijo-.

Por cierto, no se le ocurra llamar a la española «puta» o «golfa». Cuando se refiera a ella diga «sí, esa señora» y nada más.

Empezó la vista. Elena saltó como una pantera y arañó a la mujer que le había quitado a su esposo.

-¡Zorra! ¡Guarra de mierda! -le gritó.

El juez ordenó expulsarla de la sala. Dos policías se encargaron de hacerle cumplir la orden. Sin embargo, al pasar frente a su marido, la dominicana logró soltarse de los agentes, sacar un paraguas extensible y pegarle con él a su marido hasta abrirle la cabeza. Aun antes de abandonar la vista oral tuvo tiempo para mirar al abogado de la parte contraria y pasarse el dedo por la garganta, como si fuera a rebanarle el cuello a sus patrocinados.

La vista oral continuó sin la dominicana y el juez hizo comparecer a uno de los testigos, de origen cubano.

-Usted cuente simplemente lo que vio -le dijo el abogado de la parte contraria.

-Estaba en el bar tomándose un aguardiente y la pareja aquí presente se encontraba dentro, tomando dos cervezas. Entonces apareció Elena, cogió a esta señora por los pelos, la tiró al suelo y la pateó. Juan trató de mediar y le dio una patada en los testículos. Luego volvió de nuevo a enfrentarse a esta señora y le dio con la cabeza contra la pared hasta que empezó a sangrar.

Al finalizar la vista oral el abogado Gustavo Fajardo le preguntó al testigo cubano.

-Era una señora violenta, la dominicana, ¿no?

-Según se mira. Aquí dirán que es una señora violenta. A mí, que vengo de otra cultura, me pareció una señora cabal, que había mantenido a su marido toda la vida y luchaba por su dignidad de mujer humillada por un zángano y su nueva amante. En esta vida hay que luchar a muerte por lo que es de uno o se está perdido- respondió el cubano.

Elena fue condenada por maltratar a su marido y su nueva amante. Constituyó una de las pocas excepciones de extranjeros condenados por delitos relacionados con la violencia de género.

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