La Inquisición ofrecía mas garantías juridicas que los JVM

ANECDOTARIO DE LA DEGENERADA LEY DE GENERO: “¡Qué le habrá hecho usted a su mujer para que ELLA le clave un cuchillo!”

In Casos sangrantes, Denuncias falsas, Discriminacion sexista, Hombres maltratados, Legislacion, Mujeres maltratadoras, OTROS on 6 septiembre, 2016 at 18:17

22710062-inquietante-mujer-joven-oscuro-que-sostiene-un-cuchillo-en-la-mano-dengerous(extraido del libro El Varon Castrado, de Diaz Herrera)

SINOPSIS

Alcanzado por el dardo invisible de mi mirada, el miembro de Médicos sin Fronteras, colaborador de radio y televisión, J. S., sufrió en 2005 uno de los procesos inquisitoriales más traumáticos de su vida.
Previamente, la voz melodiosa de una mujer le dijo al teléfono: «Te llamo de la comisaría de la calle Rubio Gali. Tienes una denuncia por malos tratos y queremos charlar contigo. ¡Pura formalidad! ¿Puedes pasarte por aquí?». Semanas antes había entrado en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Acostumbrado a vivir el dolor de las guerras que asolan Africa, el médico se presentó en comisaría a pecho descubierto.
Nada más identificarse, sin leerle sus derechos ni informarle de qué se le acusaba, un grupo de agentes procedió a tomarle las huellas dactilares, a hacerle fotos de frente y de perfil. Luego le colocaron unas esposas para conducirle a los calabozos.
«Ya que me van a enchironar quiero que vean esto», planteó mientras entregaba un DVD a una de las mujeres policías. La agente lo cogió con desgana y le echó un vistazo. Pero la escena que le devolvió el ordenador le puso los pelos de punta. Una mujer, blandiendo un enorme cuchillo de cocina, corría tras el médico, le acorralaba y le apuñalaba.
La policía reconoció en las imágenes a la mujer que había puesto la denuncia. Pero no se conmovió. Si duras fueron las lesiones causadas por el arma blanca, más dolorosa fue la respuesta que el presunto acusado escuchó de los labios del agente: « ¡Qué le habrá hecho usted a su mujer para que le clave un cuchillo!».
Estudioso de la violencia familiar, J. S. no pudo contenerse: « ¿Insinúa que soy culpable de que mi mujer haya querido matarme?».
«Una mujer no hace eso si no se le provoca», contestó la policía. «Es decir, usted juzga a la gente por sus perjuicios feministas. No admite que haya mujeres asesinas, malvadas, arpías, dispuestas a asesinar a su marido para quedarse con sus hijos y su casa», se defendió él.
Para reafirmar su tesis de hombre maltratado, J. S. entregó a la agente una treintena de partes de lesiones de distintos centros de salud de Madrid. La agente los leyó uno tras otro. Como aquella situación no figuraba en su protocolo de actuación no supo qué hacer y elevó el caso a sus superiores.
«Las pruebas están a su favor y es probable que condenen a su esposa por intento de asesinato pero yo tengo una denuncia por malos tratos de su mujer. Esta noche tendrá que dormir en el calabozo», le dijo el responsable del centro.
 J.S. parecía estar viviendo en un país de locos la peor pesadilla de su vida. Su mujer había querido matarle, había presentado las pruebas a la policía, y le «condenaban» a él.
Al final, logró que le dejaran volver a su casa con la promesa de acudir al día siguiente al Juzgado. «Se va con el compromiso de encerrarse con llave. Porque si su mujer se presenta en casa y usted la mata, quien se juega el pan de los hijos soy yo», le ordenó el oficial de policía.

La mañana había amanecido calurosa, como es habitual en los primeros días de agosto, y Luis acababa de despertarse. La cabeza le pesaba como un bombo como producto del estrés y del sueño acumulado. Así que decidió hacerse un café bien cargado y tomárselo tranquilamente en la terraza de su maravilloso penthouse en el centro de Madrid.

 

Eran las nueve de la mañana y ya se sentía cansado. Luis consultó la agenda electrónica. Le quedaban por delante diez horas de agotador trabajo: siete pacientes citados en su consulta privada de la mañana y cinco en el de la tarde.

 

-¡Qué horror! ¡Qué vida más perra la de los médicos!–exclamó.

 

Aún no había apagado la agenda electrónica cuando le avisaron que tenía una llamada telefónica. «¿Quién será? ¿A quién se le habrá ocurrido ponerse enfermo a estas horas de la mañana?», se preguntó.

 

Al coger el auricular se llevó una sorpresa. Le llamaban de la comisaría de la calle Federico Rubio y Galí de Madrid. Al otro lado del aparato, una voz sugerente y melodiosa de mujer, que más que conminarle a que se presentase ante la policía parecía que intentaba ligar con él, le dijo:

 

-Hola, ¿cómo estás? ¿Eres Luis?

 

-Sí.

 

-Mira, te llamo de la comisaría de la calle Rubio y Galí, 55.

 

-¿Qué desean?

 

-Hay una denuncia en tu contra y queremos que nos la aclares. Puro formalismo, ¿sabes? ¿Te puedes pasar un rato?

 

Apenas una semana antes había entrado en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Luis lo sabía. Se puso en guardia inmediatamente. No obstante, hizo de tripas corazón y mantuvo la conversación en un tono distendido.

 

-¿Voy con abogado o sin abogado?–preguntó.

 

-Como usted quiera. Es puro trámite. Ya verá.

 

Por su profesión y por su experiencia en tratar con enfermos, Luis sabía que estaban mintiéndole, que le tendían una encerrona. Decidió mantener el juego.

 

-Claro, no tengo ningún inconveniente. ¿Cuándo les viene bien que pase?–preguntó.

 

-Pues ahora mismo. Si puede, claro –dijo la mujer.

 

Media hora más tarde, aparcó su coche cerca de la comisaría y se presentó al agente de guardia. Apenas traspuso la puerta, reconoció a la mujer de voz de terciopelo que acababa de llamarle. Le leyó sus derechos y le colocó las esposas.

 

-Pero ¿qué pasa?–preguntó el médico.

 

-Nada, hay una denuncia de su mujer por malos tratos. Queda usted detenido e incomunicado hasta que

 

podamos llevarle al Juzgado de Violencia de Género.

 

-¿Y eso cuándo será? –No depende de nosotros. Le llevaremos en cuanto el ordenador nos dé una cita.

 

Luis estaba alucinando por la canallesca forma de actuar de la policía. Por lo menos tres pacientes estaban esperándolo en su consulta y él ahí, en la comisaría, detenido e incomunicado por una simple denuncia.

 

-Bueno, antes de que me “entrullen”, podrían ustedes echar un vistazo a un DVD que he traído –dijo.

 

-Claro, claro. Por supuesto.

 

Una de las policías a cargo de su custodia cogió el DVD de mala manera y lo metió en el ordenador. -Si crees que un DVD va a salvarte del trullo andas aviado, tío. ¡No sabes lo que es pegarle a una mujer! ¡Y más tratándose de un famoso médico como tú!

 

-Usted primero vea el DVD y después hablamos.

 

La mujer policía pinchó con el ratón en la pantalla y en seguida apareció la imagen de una mujer caminando en una habitación amplia y luminosa.

 

-¿Ésa es la mujer que ha puesto la denuncia? –preguntó Luis.

 

-Pues claro, su mujer. ¿Quién iba a ser, el lucero del alba?

 

La mujer policía se inquietó un momento. Esa misma mañana se habían presentado otras tres denuncias por malos tratos y varias compañeras suyas habían salido a detener a los maltratadores. Con la puesta en vigor de la Ley contra la Violencia de Género, llevaban unos días tremendos.

 

-¿Y qué pretende demostrar con esta cinta? –preguntó la policía.

 

-¿Por qué no lo dice y acabamos antes? –agregó.

 

-Por favor, sólo le pido un poco de paciencia. Espere.

 

La policía hizo un gesto de resignación, rezongó un poco y se dejó caer en un sillón sin perder de vista al detenido y a la pantalla hasta que de pronto abrió los ojos y en la cara se le dibujó una expresión de incredulidad.

 

-¿Ese es usted? –preguntó.

 

-Sí, ese al que está apuñalando mi mujer con un cuchillo de cocina de veinte centímetros de largo soy yo. ¡El mismo al que usted está acusando por malos tratos y al que desea “entrullar” en estos momentos!

 

La agente hizo retroceder el DVD y puso de nuevo la escena. Una cámara oculta, situada en la cocina de la casa, capta un plano de la pareja discutiendo. En un momento dado, Luis se levanta y se encamina hacia la puerta de salida. Su mujer, Ania, de nacionalidad rusa, salta sobre uno de los cajones, echa mano de un cuchillo, le acorrala entre la puerta y la pared e intenta clavárselo por la espalda.

 

En unos instantes, apenas unos segundos, el doctor ha estado entre la vida y la muerte. El DVD revela como, inesperadamente, se da la vuelta en el momento en que el arma homicida está a punto de alcanzarle la espalda. Con un gesto veloz, alcanza la mano de la mujer asesina y la sostiene en el aire sin poder impedir que la afilada hoja del arma se le clave en el pecho, a la altura de la clavícula. A continuación, se observa un feroz forcejeo: Ania intenta repetir la agresión, pero Luis, tras ser apuñalado varias veces en el vientre y en el pecho, acaba desarmándola y arrojando el cuchillo a la basura.

 

Aquel día, su buena estrella, su instinto de conservación, sus excelentes reflejos y el sexto sentido que le permitió intuir los propósitos de su ex mujer le habían salvado de una muerte segura.

 

Al contemplar la escena por segunda vez con ojos recelosos y suspicaces, la agente y su equipo de trabajo encargado de encarcelar a maltratadores se quedaron paralizados, dubitativos. Tras salir de su asombro, la policía le hizo un comentario sexista:

 

-Alguna buena le habrá hecho a su mujer antes de esta escena para que intentara matarle.

 

-¿Qué quiere decir? ¿Que soy culpable de que mi mujer haya querido asesinarme?

 

-Lo que digo, por mi experiencia, es que una mujer no hace eso si no se la provoca previamente.

 

-Es decir que usted juzga a todo el mundo según sus prejuicios feministas. ¡No admite que haya mujeres asesinas, mujeres malvadas, despiadadas, arpías, decididas a hacer cualquier cosa para asesinar a su marido y quedarse con sus hijos y con su patrimonio!

 

-No he querido generalizar. Pero, por mi profesión, sé que la violencia femenina no de acción sino de reacción.

 

Generalmente, la mujer ataca cuando se siente acorralada por el hombre, cuando está en juego su vida o la de su agresor.

 

-¡Vaya con sus teorías! ¿Sabe que he sido miembro de Médicos sin Fronteras, que he estado en varias guerras salvando vidas y he visto a muchas mujeres empuñar un fusil y luchar con más ferocidad y salvajismo que los hombres?

 

-Pero esto no es la selva –dijo la agente con un tono displicente-. Estamos en Madrid

 

Aquella increíble y reiterada justificación de la actitud de la persona que había estado a punto de mandarle al otro mundo, acabó sacando a Luis de sus casillas.

 

-Es decir que como ustedes tienen que aplicar la Ley contra la Violencia de Género, que no les deja salida, yo, que soy la víctima, tengo que convertirme en el culpable, en el «provocador» –protestó indignado-. Si no, la Ley, que debe ser como la Biblia para ustedes, no tiene sentido. ¿Quieren que les ponga un DVD mostrándole lo que ocurrió en la casa ese día, habitación por habitación?

 

-¿Pero lo tiene usted grabado? –quiso saber la agente.

 

-Habitación por habitación, rincón por rincón. Está todo grabado, las veinticuatro horas del día, minuto a minuto, con cámaras ocultas. Vengo haciéndolo desde hace ocho meses.

 

-¿Y por qué ha hecho usted eso? –preguntó.

 

-Porque mi compañera no paraba de amenazarme con denunciarme por malos tratos –aseguró Luis.

 

-Afirmaba que, dijera lo que dijera, nadie iba a creerme. Y que iba a meterme en la cárcel, que se quedaría con mi hijo, con mi casa, que me obligaría a pasarle una pensión y que me arruinaría la vida.

 

-¿Y cómo sabe usted eso? ¿Cómo pudo intuir que no eran simples amenazas sin consecuencias, desahogos?

 

-Porque soy médico –afirmó-. Me dedico a atender a hombres maltratados. He visto muchos casos y sé como actúan muchas mujeres. Además, como usted imaginarán, no es la primera vez que me agrede físicamente.

 

Luis le pidió entonces a la mujer policía que metiera la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y que sacara el fajo de papeles que llevaba con él y lo pusiera sobre la mesa. Treinta partes médicos de distintos ambulatorios y hospitales de Madrid confirmaban sus aseveraciones. Su psiquiatra, al que había tenido que acudir en los seis últimos meses, ratificaba en un informe la tremenda presión psicológica a la que había estado sometido en su paciente y compañero de profesión.

 

La mujer policía leyó atónita cada uno de los partes de agresión. Comenzaba a tener dudas, no sabía qué hacer.

 

-No me saldrán ahora ustedes con que tengo comprada a toda la profesión médica de Madrid, ¿no? –dijo Luis.

 

-¿Y por qué no ha presentado ninguna denuncia de todo esto? –preguntó la policía.

 

-Porque quiero a mi mujer, tengo un hijo con ella, y jamás he pretendido llegar a esta situación. Soy de los que piensan que las riñas y peleas familiares no tienen por qué acabar en la policía y, mucho menos, en los juzgados.

 

Un cuarto de hora después, la oficina de denuncias de la comisaría de la calle Federico Rubio y Galí era un hervidero de policías. Las agentes encargadas de aplicar la Ley contra la Violencia de Género se habían encontrado con un caso que no aparecía en los protocolos de actuación que días antes les había remitido la Dirección General de Policía. Les rompe los esquemas y llaman al comisario y al subcomisario para pedirles instrucciones. La abogada de Luis, a la que había podido localizar, también estaba presente.

 

La siguiente media hora estuvieron visionando de nuevo las imágenes de los distintos DVD y analizando, uno por uno, los partes médicos.

 

-Vaya, vaya, es usted un tipo muy listo. ¡Va a conseguir que metamos en la cárcel a su mujer! –masculló uno de los policías.

 

-No es mi intención. Sólo he pretendido defenderme.

 

El comisario, que había permanecido callado y había observado la situación, tomó entonces la palabra:

 

-Todo eso está muy bien. Pero va a tener que pasarse la noche en el calabozo. ¡Al menos hasta que mañana le presentemos al juez y éste decida!

 

-¿Cómo dice usted? –protestó la abogada.

 

-Que no tendré más remedio que encerrarle hasta mañana. Es lo que dice el protocolo cuando una mujer

 

presenta una denuncia por malos tratos contra su marido.

 

-¡Lo que dice el protocolo! ¿Pero no ha comprobado usted hasta la saciedad que la víctima es mi cliente, a quien ha estado a punto de matar?

 

-Sí, pero yo tengo que atenerme a las instrucciones de mis superiores. Entiéndalo usted, soy un funcionario.El pan de mis hijos depende de que cumpla las órdenes que me dan.

 

-Es decir que han estado a punto de matar a mi cliente, de asesinarle por la espalda, y usted todavía pretende humillarle más, acabar con su dignidad metiéndole en un calabozo. ¡La policía de esta país no está en sus cabales!

 

El comisario se quedó pensativo. Desde que había entrado en vigor la Ley contra la Violencia de Género,

 

nunca se había visto en una situación semejante. Pocas veces en su vida se había encontrado en una tesitura en la que debía optar entre un protocolo de actuación, que le marcaba al milímetro lo que debía hacer, impidiéndole salirse de las pautas marcadas por el legislador, la tozuda realidad y su conciencia profesional, que le indicaban que no podía encerrar a aquel hombre, escarneciéndolo aún más.

 

-Mi dilema es que las normas me mandan a hacer una cosa y mi conciencia me dicta otra –agregó el comisario.

 

-Mis superiores piensan que en un hombre que ha sido denunciado por su esposa por malos tratos se acentúa el instinto básico a quitársela de en medio y ordenan detenerle inmediatamente. Pero en su caso parece que el maltratado es usted. ¿Qué debo hacer?

 

-Quitarle esas esposas y dejarle en libertad inmediatamente –afirmó la abogada.

 

-Voy a hacer otra cosa. Voy a dejar que se vaya a su casa si antes me promete que se encerrará, que echará la cadena y que no lo abrirá la puerta a su esposa.

 

-¿Y por qué no me deja libre? ¿Se me puede acusar de algo después de haber visto ese vídeo?

 

-Si no es eso, hombre. Si por casualidad su mujer regresa a su casa y a usted, por muy médico que sea, se le cruzan los cables y la mata, lo meten en la cárcel, pero al que se le caerá el pelo es a mí. Y no se olvide usted de una cosa: es la segunda vez en mi vida que tomo una decisión de esta naturaleza. Sé que algún día me costará cara.

 

Al final, como Luis no tenía otra alternativa, decidió recluirse en su propia casa para no tener que dormir en un calabozo infecto y con un olor a podrido entre atracadores, drogadictos y asesinos.4

 

Una vez que le devolvieron sus objetos personales, y tras formar en el libro de registro, salió de la comisaría sin poder creer lo que le había pasado. Se sentía víctima de la más cruel de las pesadillas por el simple hecho de haber nacido hombre.

 

En los breves minutos que debió esperar para solucionar los trámites burocráticos, había tenido tiempo de observar que otros hombres también entraban en comisaría, acusados de maltrato. Uno de ellos se quejaba mientras una mujer policía lo conducía, impertérrita, al departamento de filiación para que le tomaran las huellas dactilares, la foto – de frente y de perfil – e ingresaran su nombre en el banco de presuntos maltratadores.

 

Lo oyó decir:

 

-¡Pero si yo no he hecho nada, si la que me tiró un vaso de vino por la cabeza y casi me la abre fue ella! ¡Si fui yo quien puso la denuncia, el que llamó a ustedes por teléfono para que la calmaran!

 

El otro hombre, más nervioso todavía, no paraba de repetir la misma frase una y otra vez, como si le hubieran grabado en el cerebro la cinta magnetofónica de la centralita telefónica de unos grandes almacenes.

 

-¿Pero cómo que van a detenerme e incomunicarme hasta mañana?- gritaba -. Si yo mañana tengo que ir a trabajar, si tengo que ir a trabajar. ¿No ven ustedes que si no voy me despiden? ¿Y quien va a traer a casa el pan de mis hijos?

 

A pesar de las siete horas que había pasado en la calle Rubio y Galí, Luis era un hombre afortunado. Al

 

menos había quedado libre y en poco tiempo podía volver a pisar la calle.

 

Todo había empezado unos años antes, casi a los pocos meses de que Luis conociera en una fiesta a Ania, una joven y despampanante rusa que le quitaba el sentido a cualquiera.

 

Había llegado a España tras la perestroika de Mijaíl Gorbachov, con las primeras oleadas de inmigrantes que huían del «paraíso» en los países del Este. Era fotógrafa, alegre y dicharachera. Tras una infancia y juventud de miseria y calamidades, su llegada al Primer Mundo le abrió un enorme campo de posibilidades de realizarse como persona. Por eso Ania respiraba optimismo y ganas de vivir por todos los poros de su cuerpo. Era, además, una mujer educada para seducir a los hombre: culta, cariñosa, decidida, ambiciosa. Todo lo que se puede esperar de una mujer.

 

Con una amplia consulta abierta en el centro de Madrid y una numerosa y acaudalada clientela dispuesta a dejarse sus ahorros para curarse una gastroenteritis vírica, un catarro crónico o un simple dolor de estómago, Luis era un médico de prestigio que había tenido algunos escarceos amorosos en su pasado. Pese a ello, cayó rendido a los encantos de Ania y, sin pensarlo demasiado, se casó con ella.

 

Al poco tiempo tuvieron un hijo, Nicolás, que en seguida se convirtió en la alegría de la familia y de los

 

abuelos paternos, quienes vivían en el mismo edificio, apenas unos pisos más abajo. Luis estaba por cumplir cuarenta años y ya había conseguido, al fin, la felicidad.

 

En 2001, la Pasarela Cibeles, que cumplía su trigésimo tercer aniversario, había reunido a veintisiete diseñadores en veinticuatro desfiles. Era uno de los principales acontecimientos de la moda en Madrid en el que, además, las principales modelos lucían las prendas de la colección otoño-invierno.5

 

Los organizadores del evento, celebrado entre el 17 y 21 de enero, habían elegido dos marcos para presentar al público los nuevos diseños: el Parque Ferial Juan Carlos I y el Museo Nacional de Antropología. Roberto Verino, Ángel Schlesser y Antonio Pernas iban a mostrar sus colecciones. Las dos infantas y Ana Botella, la mujer del presidente del Gobierno de entonces, habían confirmado su asistencia al evento.

 

Por esa época, Ania había comenzado a colaborar como fotógrafa en varias publicaciones españolas y extran-jeras. Se acreditó como profesional del gremio en la Pasarela Cibeles y comenzó a llegar a casa bien entrada la madrugada o al día siguiente.

 

Entretanto, su marido se encargaba de darle la cena al niño, bañarlo, ponerle el pijama, acostarle y, al otro día, levantarlo, asearlo y darle el desayuno.

 

La situación, lejos de mejorar, empeoró paulatinamente. No había tarde en que Ania no tuviera un cóctel,

 

una entrega de premios, la presentación de un disco, de un libro, un estreno de teatro, la première de una película o cualquier otro sarao de cualquier tipo al que tuviera que asistir.

 

Lo significativo de su caso es que no hacía como todo el mundo, que regresa a su casa tras concluir cualquier clase de eventos. Ella, con un grupo de amigos, se iba de copas hasta altas horas de la madrugada y llegaba a casa siempre rendida: se ponía el camisón o el pijama y se metía en la cama sin saludar siquiera.

 

Como no podía ser de otra manera, las relaciones con su marido empezaron a marchar mal.

 

-Ayer quedaste en venir a las siete de la tarde para estar con el niño –decía Luis-. A ver si te ocupas de vez en cuando de él. Como sabes, yo no tengo ningún problema en hacerme cargo, pero también necesita el cariño de su madre.

 

-Perdóname –respondía ella-. Es que se me ha pasado.

 

-¿Y el salir de juerga todas las noches no se te olvida nunca?

 

-Pues ya ves. ¡Será que tengo una memoria selectiva! –decía burlándose de él.

 

Las peleas se hicieron más intensas e interminables, y a medida que fue pasando el tiempo, más frecuentes.

 

Habían fracasado como pareja, pero ninguno de los dos quería reconocerlo. Para no soportarse, Ania optó por marcharse de viaje todas las semanas sin importarle en absoluto lo que pudiera pasarle a su hijo, que estaba al cuidado de su padre y de sus abuelos. Luis se daba cuenta de lo que pasaba e intentaba razonar con su mujer, pero Ania era cada vez más intransigente.

 

-Como me montes esos números te denuncio en el Juzgado –decía, amenazante-.¡A ver a quién van a creer!

 

Un día, en la primavera de 2004, los malos tratos habituales que le dispensaba su mujer se convirtieron en una especia de pesadilla para Luis, en una tortura china que se hacía cada vez más inaguantable.

 

Aquella mañana, Ania había regresado a casa tras permanecer tres días fuera, bebiendo con unos amigos rusos. Volvió completamente borracha, como un aliento apestoso y la ropa desprendiendo olor a vodka.

 

Como era habitual, discutieron. Ella volvió a amenazarle.

 

-¿Sabes lo que estoy pensando? –le preguntó-. Voy a denunciarte ahora mismo a la policía por malos tratos.

 

Y sin añadir palabra se fue a la cocina, descolgó el teléfono, esperó a tener línea y comenzó a marcar el 112.

 

Luis, convertido en una hiena, decidido a que nadie le hundiera la vida y su carrera profesional, se lanzó sobre ella, le arrebató el aparato, lo estrelló contra el suelo y acabó triturándolo con los pies.

 

Su mujer cogió entonces el cable que había quedado intacto, se lo enrolló en el cuello y comenzó a tirar de él, como si pretendiera ahorcarse. Cuando observó en un espejo que había quedado una buena marca rojiza, comentó:

 

-A ver quién se va a creer que no has intentado estrangularme.

 

-Pero si la que me ha pegado has sido tú. La que me ha clavado el zapato en el pie nada más entrar en casa has sido tú, Ania. Y la que la ha emprendido a golpes.

 

-Es lo mismo. Digas lo que digas, tienes todas las de perder. ¿A ver quién va a creer que yo voy a golpear a un tío de metro noventa de estatura sin que éste se defienda?

 

Los número que le montaba entre borrachera y borrachera, entre juerga y juerga, eran cada vez más violen-tos. De pronto, sin venir a cuento, y cuando más tranquilos estaban, se ponía a chillar como si estuvieran desollándola viva. Otras veces gritaba:

 

-¡Si no te gusta la comida te jodes!

 

El vecindario, las cuatro familias que compartían el penthouse situado en la planta octava de aquel moderno edificio del centro de Madrid, comenzaron a inquietarse. Cada vez que coincidían en el ascensor, las miradas furtivas y recriminadoras de los vecinos delataban que muchos de ellos lo consideraban un maltratador nato.

 

Por aquel entonces llevaban casi cinco años viviendo juntos. El médico aún no había hallado explicación a las salidas nocturnas de su mujer. En una ocasión pensó que podía tener un amante y que sus correrías eran para ponerle los cuernos. Para salir de dudas, decidió hablar con un detective.

 

-El precio es de doscientos euros la noche más gastos –afirmó el detective.

 

-¿Qué es eso de más gastos?

 

-Pues eso: que si su mujer entra con un grupo de gente a tomarse una copa en una discoteca, donde la

 

consumición cuesta treinta euros, yo tengo que hacer lo mismo.

 

-¿Pero al menos podré saber lo que está pasando? –preguntó Luis.

 

-En absoluto. Si tiene un amante, pueden pasar tres meses sin que se vea con él porque se encuentra de viaje o porque lo han operado de una hernia. No puedo ofrecerle garantías, al menos de forma inmediata.

 

Pese a todo, el galeno se avino a contratar los servicios de la agencia de detectives. De esta manera pudo salir de dudas y descubrir que en la vida de su mujer no había ningún otro hombre. Fue entonces cuando aparecieron los remordimientos. «Le estoy haciendo esto, es decir, una canallada, a la persona que más quiero -pensaba-. Y ahora resulta que estoy equivocado, paranoico.»

 

A mediados de 2004, Luis viajó a África para realizar un reportaje sobre el tráfico de órganos. Una cadena de televisión nacional le había encargado el trabajo. Cuando regresó a Madrid, encendió su ordenador portátil y se encontró una página web pornográfica.

 

Pinchó con el ratón sobre el icono y comprobó que la sorpresa no tenía límites. La pantalla que acababa de abrir mostraba una foto de su mujer, con la dirección de su casa, sus datos personales y su teléfono.

 

-¿Pero qué locura es ésta, Ania? –le preguntó, asombrado.

 

Su mujer se acercó a la pantalla del ordenador, echó un vistazo al contenido y, como si fuera lo más natural del mundo, contestó:

 

-Nada. He abierto una página web para investigar cuántos hombres pican con eso del sexo por Internet.

 

-¿Y a ti qué coño te importa eso? –preguntó Luis.

 

-Nada en absoluto –dijo ella-. Simple curiosidad.

 

-¿Y para satisfacer una curiosidad malsana has tenido que poner tu foto y tus datos personales? ¿No podías haber metido una foto trucada, retocada, una foto falsa, con la cantidad de recursos que conoces en ese terreno?

 

-Ah, pues sí –respondió Ania-. Tienes razón.

 

-¿Y por qué has dado el domicilio de la casa? ¿No eres consciente de que todo el mundo sabe quiénes somos en el barrio, que yo soy una persona conocida, que tengo una consulta médica y que salgo por televisión? ¿Por qué has tenido que dar las señas de tu hijo a todo el mundo?

 

Ese día, el médico acabó dándole una patada al ordenador de Ania. Y ella, a su vez, lanzó el portátil de él por la ventana y lo dejó inservible para siempre, con la buena fortuna, por cierto, de que en ese momento no pasaba nadie por la calle. Ese mismo día, también, le esperaba una escena todavía más fuerte.

 

A medida que sus relaciones se fueron deteriorando, Luis tomó la precaución de contarles a sus vecinos,

 

al portero del edificio y a los dueños de los bares y restaurante situados en la misma calle lo que estaba

 

ocurriendo entre él y Ania.

 

-Si algún día me veis discutir con ella, no os preocupéis-les dijo sin entrar en detalles-. Últimamente las cosas no andan bien entre nosotros.

 

Pese a todo, lo que le había ocurrido cuando regresó de África superaba la imaginación más calenturienta de un director de cine de películas de terror.

 

Tras el incidente del ordenador y tras una reconciliación que duró apenas unas horas, en un momento de

 

descuido su estupenda esposa rusa se quitó la ropa, se quedó como Dios la trajo al mundo, abrió la puerta y empezó a correr escaleras abajo.

 

-¡Socorro! ¡Socorro! –gritaba-. Mi marido me quiere matar.

 

Luis se dio cuenta de la estrategia de su mujer y reaccionó como alma que lleva el diablo. Dejó de jugar con el niño y en décimas de segundo se lanzó en su persecución mientras algunos vecinos curiosos observaban desde detrás de las mirillas de sus puertas.

 

Con la ayuda del portero y de los dueños de los bares cercanos logró impedir que Ania alcanzara la calle y que el escándalo se extendiera a todo el barrio. Cuando consiguió tranquilizarla, hacerle entrar en razón y llevarla de nuevo a la casa, Luis logró relajarse y poner sus ideas en orden. Era consciente de la suerte que había tenido al librarse sin ningún escándalo ni contratiempo de la situación más conflictiva y embarazosa de su vida.

 

Al margen del bochorno y la vergüenza sufridos, si la mujer llegaba a ganar la calle así, desnuda como iba, y cogía un taxi para dirigirse, tal como pretendía, a una comisaría de policía, quién iba a creerle a él que no la había maltratado, que no había corrido detrás de ella con un cuchillo de cocina para matarla.

 

Y cuando la noticia hubiera trascendido a los periódicos, ¿cuántos clientes le quedarían en su consulta?,

 

¿cuántos vecinos le retirarían el saludo?, ¿cuántos amigos dejarían de llamarles para salir en pareja? Jamás volverían a invitarles a cenar a sus casas.

 

Lo más grave de todo era que sus peleas familiares no sólo estaban deteriorando las relaciones con su hijo y con sus pacientes, sino también su salud mental.

 

Habían estudiado juntos en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Habían sido buenos amigos en la infancia y en la juventud, pero sus caminos se habían distanciado desde que él había optado por la psiquiatría.

 

-Vengo a que me contengas –le pidió Luis.

 

Acto seguido le relató su odisea familiar, las ausencias de casa de su mujer, sus viajes a Ibiza en el avión de un amigo narcotraficante colombiano, su afición por la bebida y su último descubrimiento: desde hacía unas semanas tomaba cocaína.

 

-Pero ¿cuándo ocurrió lo que estás contándome: ayer o la semana pasada? –preguntó el psiquiatra.

 

-Pues no lo sé. Las putadas son tales y tan continuadas, que ya no logro tener una idea exacta de cuándo ocurrió una cosa y en qué fecha se produjo la otra.

 

Su colega estaba hecho un lío. Tras diagnosticarle una fuerte crisis de ansiedad, le dijo que anotara todo lo que pasara en sus relaciones con su mujer. Era la única forma de establecer un diagnóstico exacto de lo que le pasaba y ayudarle a superar los problemas mentales que comenzaba a sufrir.

 

Y así, gracias al apoyo de su colega, pudo hacer frente, con grandes dificultades, a la situación de deterioro familiar y humano por la que estaba pasando.

 

Su diario personal, que conserva en una agenda electrónica, ha sido de las bases para escribir este capítulo.

 

«1 de junio de 2004. Ha estado emborrachándose con Grace. Todavía con los efluvios alcohólicos en el cuerpo viene a casa a cambiarse de ropa. Me dice que se va a casa de Juanita y que se quiere llevar al niño.»

 

Luis temía que en aquel estado pudiera sufrir un accidente. Llamó a la Policía Municipal para que le impidieran conducir.

 

-Impídaselo usted –fue la respuesta lacónica de los agentes.

 

-No, yo no puedo. Si lo hago, me denuncia por malos tratos –explicó el doctor-. Es lo que quiere que haga para mandarme a la cárcel y quedarse con el niño y la casa. No voy a darle gratuitamente esa satisfacción.

 

-Pues si su mujer no está en condiciones de coger un coche, por el bien del niño, aunque le cueste a usted una denuncia, debe impedirle que conduzca –le recomendaron.

 

Luis anotó en su agenda lo siguiente: «Una vez más tuve que resignarme a dejarla marchar, coger un taxi en la calle y dedicarme a seguirla por todo Madrid. No fuera que tuviera un accidente.»

 

«27 de julio de 2004. Me encuentro en una situación insufrible. Sé que Ania se dedica a humillarme conti-nuamente, a atacar sin piedad mi dignidad, ya que su propósito es convertirme en basura humana. La semana pasada ha estado de viaje con unos amigos fuera de Madrid. Acaba de llegar a casa, recibe una llamada de su amiga Mónica y comienza a arreglarse para salir de nuevo de marcha. Ni siquiera me ha preguntado por el niño, al que durante los últimos ocho días he tenido que dar de comer, bañar, llevar al colegio y acompañarle hasta que se durmiera. He decidido que esta situación no puede continuar.»

 

-Tenemos que hablar –le dijo Luis.

 

-Esta noche, cuando vuelva a casa –contestó Ania.

 

-¿Esta noche? ¿A las ocho de la mañana, a las once o dentro de tres días? ¿Cuándo piensas volver?

 

-He dicho esta noche, ¿vale?

 

Luis apuntó en su diario: «La conversación se ha desarrollado en el cuarto de baño, mientras ella se seca el pelo y comienza a ponerse un nuevo vestido. Sus continuos desprecios, el maltrato sistemático al que me somete me ha hecho salir de mis casillas. He cogido un frasco de champú y se lo he vaciado en el traje. Ella me mira primero con estupor y luego con una infinita fuerza.»

 

-¡Me has estropeado la noche! –vociferó.

 

«Hecha un energúmeno se levanta de la butaca del cuarto de baño, entra en la habitación del niño, coge un bote de Johnson’s Baby, abre mi armario y esparce el contenido sobre mis trajes de (Giorgio) Armani y (Gianni) Versace. Llamo a la tintorería a ver qué se puede hacer y me dicen que se los lleve mañana. Es probable que algunas de las manchas no desaparezcan nunca. ¡Dos millones de pesetas arrojados a la basura!»

 

El día aún no había concluído.

 

«Nueve y media de la noche. Llaman al timbre. Tras observar por la mirilla pregunto quién es. Veo a dos

 

personas uniformadas. Se identifican como agentes de la Policía Municipal. Les abro la puerta.»

 

-¿Vive aquí Ania Pushkin? –preguntaron.

 

-Sí, pero no está en estos momentos. ¿Ha tenido algún accidente?

 

-No que nosotros sepamos.

 

-¿Entonces qué pasa? –preguntó Luis-. Soy su marido. ¿Puedo serles útil en algo?

 

-¡Su marido! Pues acaba de denunciarle por teléfono a usted por malos tratos.

 

-¿Y cuándo me ha denunciado?

 

-Hará una media hora.

 

-Pues lleva más de siete horas fuera de casa y no ha vuelto todavía. Si no me creen, pasen y registren la casa o pregunten al portero. Con toda seguridad él podrá informarles mejor que yo.

 

-No, no hace falta. De éstas tenemos muchas todos los días. Nos hacemos cargo.

 

«Al dirigirse al ascensor he observado el gesto de enfado de los policías. Uno de ellos ha exclamado: ¡Mujeres!»

 

«20 de noviembre de 2004. Ania ha vuelto a recaer en las drogas. Me la llevo al campo para convencerla de que debe dejar de consumir cocaína. Logro que se deshabitue en tres días. Conociendo el lamentable estado en que se encuentra, es un triunfo.»

 

«6 de diciembre de 2004. Sale con unos amigos rusos. Regresa a casa a la una y media del día siguiente sin molestarse en avisar que se encuentra bien. Nueva bronca.»

 

«16 de diciembre de 2004. Me dice que le duele el vientre por el alcohol consumido en los últimos días. Está afónica y ella misma reconoce que, además, se encuentra resfriada.»

 

«31 de diciembre de 2004. Regresamos de Zambia, adonde fuimos a pasar las Navidades. Inmediatamente, llama a la agencia de viajes y reserva un billete para Kíev. No pasa ni veinticuatro horas con su hijo, al que no ha visto en la última semana.»

 

«11 de febrero de 2005. Estamos en la cocina, yo estoy sentado en un taburete y ella en la ventana que da a la calle. Hace buen tiempo y la ventana está abierta. Llevamos un rato sin hablar, mirándonos el uno al otro, sin saber qué decirnos. De repente, ella clava los ojos en mí y dice:

 

-Sé lo que estás pensando.

 

-¿Qué pienso?

 

-En darme un empujón, lanzarme a la calle, llamar a la policía y decirles que me he caído. ¿Crees que no lo sé?

 

Ania mira hacia abajo y comprueba la distancia que hay desde el piso a la calle. Se vuelve y, desafiante, me dice:

 

-¡Hazlo si te atreves! Ya sé que tu principal deseo es deshacerte de mí y quedarte con el niño. Lo sé desde hace mucho tiempo y no es necesario que me lo ocultes.

 

Tiene razón. Desde hace unos días pienso que aquel infierno debe terminar. Necesito poner fin a aquella

 

tortura permanente. Pero no de la manera violenta y agresiva que Ania me propone. Es entonces cuando se me ocurre la única solución plausible. Llenarme de razón y de pruebas-de todas las pruebas posibles- para que no pueda acusarme de malos tratos ni de violencia alguna de ningún tipo.»

 

Y fue entonces cuando, aprovechando un viaje suyo a México para hacer un reportaje, Luis se llenó de valor, acudió a una tienda especializada y compró media docena de minicámaras de vídeo y un ordenador con mil gigas repartidos en varios discos duros.

 

Él mismo las instaló. Puso una en la nevera, otra en el televisor, una tercera en el microondas y una cuarta en el sensor de la alarma de la sala de estar. A partir de ese día, cuanto ocurriera en el interior de la casa quedaría grabado minuto a minuto, habitación por habitación. Las cámaras, además, le permitirían ver lo que ocurría en el interior de la vivienda desde su despacho.

 

«16 de febrero de 2005. La tarde anterior ha salido de juerga y no ha regresado en toda la noche. Se ha

 

comprometido conmigo a que hoy llevará el niño al colegio, pero regresa a casa pasadas las diez de la mañana.

 

En ese momento, casualmente, llamo desde el consultorio para ver qué ha ocurrido y observo que se le traba la lengua y tartamudea, lo que me indica que se ha pasado toda la noche bebiendo de lo lindo.»

 

-¿Has llevado al niño al colegio? –le preguntó Luis.

 

-No, se me ha pasado la hora –respondió ella-. Voy a llevarlo ahora.

 

Tenían tres coches. Uno de ellos era un Smart. El galeno temía que pudiera sufrir un accidente.

 

-Tú no estás en condiciones de conducir. Por favor, coge un taxi y que te lleve –le sugirió.

 

«Ania se pone hecha una furia y me recrimina mi actitud, siempre vigilante, hacia su conducta. Ella ha

 

conducido en peores condiciones y jamás le ha pasado nada. ¿Por qué habría de ocurrirle un accidente

 

precisamente hoy? Preocupado por la suerte de mi hijo, y sin saber qué hacer, llamo a la Policía Municipal», apuntó Luis en su agenda.

 

-Mi mujer acaba de llegar borracha a casa –les aseguró a los agentes-. Quiere volver a salir para llevar al niño al colegio en coche. ¿Podría mandar un coche patrulla a casa, por favor?

 

«Los policías me piden la dirección y afirman que lo comunicarán por radio a los coche-patrulla de la zona.

 

En cuanto a mi petición de enviar un coche «evidencial» para demostrar que está ebria, me dicen que lo

 

harán de acuerdo a las disponibilidades del servicio. Ese mismo día, el portero me cuenta que cinco minutos después se ha presentado la patrulla en la puerta del garaje. Van de muy mala leche. Al encontrarse en la puerta de la casa con una extranjera guapa, madre de familia, despeinada y ojerosa, que se dispone a llevar al niño al colegio, están a punto de echarse para atrás.

 

Al verla tambalearse por la acera hacia el coche con el niño cogido de la mano, cambian de actitud y le hacen la prueba de alcoholemia. Da 0,28 miligramos por litro de sangre, lo que demuestra que aún sigue ebria. Yo he tenido que dejar la consulta y volver a mi casa a toda prisa. Cuando llego, el barrio entero -comerciantes, estanqueros, farmacéuticos, vigilantes y vecinos- está en las aceras, contemplando la escena.»

 

-Usted, en lugar de estar aquí incordiando, coja al niño y llévelo a la escuela –le dijo uno de los policías.

 

Luis pensó que lo que mejor podía hacer en aquellas circunstancias era llevarse al niño al colegio.

 

Regresó cincuenta minutos más tarde. Entretanto, los policías le habían hecho una segunda prueba de alcoholemia a Ania, pero con un retraso de 20 minutos sobre el tiempo fijado. El resultado ofreció una tasa de 0,24 miligramos de alcohol en sangre, una milésima menos del tope fijado para conducir. Su mujer, esgrimiendo el trozo de papel, se le encaró delante de los policías.

 

-El segundo test ha dado negativo –recochineó.

 

-Pues no sabes cuánto me alegro.

 

Espoleada por los agentes, que no ocultaban la lástima que les inspiraba la mujer, Ania le recriminó:

 

-Estos señores no entienden por qué eres tan cabrón.

 

-Probablemente porque no tienen que sufrir que su mujer llegue todos los días a su casa a las diez de la

 

mañana y, además, borracha.

 

«A partir de ese día empiezo a plantearme la separación de mi mujer y solicitar para mí la guarda y custodia de mi hijo, lo único que en estos momentos me importa en la vida.»

 

«20 de abril de 2005. Hemos pasado la Semana Santa esquiando en Andorra. Sigo adelante con mi decisión de separarme de Ania. He pensado dejarle un piso pequeño que tengo al lado de la casa y quedarme con el mío pero he decidido que no lo haré. No me seduce la idea de que se quede con la custodia compartida y encima tenerla al lado, viendo como mi hijo se cría en un ambiente insano. He de ir a por todas.»

 

«Hemos regresado a Madrid el Domingo De Pascua y en seguida me he metido en el cuarto de baño para bañar al niño, que tiene piojos. Nicolás, que está cansado del viaje, se resiste a meterse en la bañera y llora.

 

Ania se mete de por medio.

 

-¿Qué te hace papá, pequeñín? Papá no te quiere, ¿verdad?

 

Mientras tanto, con el teléfono en la mano, simula que está grabando la conversación. Indignado, le mojo

 

el teléfono, que pesa casi medio kilo. [Lleva incorporado vídeo, cámara de fotos, agenda, GPS, conexión a Internet, grabadora de audio y todos los artilugios que pueden meterse en un aparato].

 

Inmediatamente, me estrella el aparato en la cabeza produciéndome una brecha de dos centímetros. Acabo de bañar al niño y voy a un centro de salud a dar un parte médico.

 

Regreso a casa y está con una amiga. Vuelve a descargar su furia contra mí, me araña y me pega otro par de mamporros. Regreso al ambulatorio.

 

-¿Otra vez usted por aquí? –me dice mi colega sin disimular su tono de burla.

 

-Sí, ha vuelto a pegarme.

 

-¿Cómo es posible que un hombre como un castillo se deje maltratar así por una mujer?

 

-Porque si le devuelvo los golpes, que puedo hacerlo, voy derecho a la cárcel. No querrá usted que cometa esa torpeza para quedarse con mi consulta, ¿no? –bromeo.

 

Regreso por segunda vez a mi casa pensando que la encontraré más calmada. Pero no es así. Ania me abre la cara con el tacón de un zapato. Al coger el ascensor para dar un nuevo parte, me encuentro con una de sus amigas.

 

-Pero, hombre, si pareces un Cristo. ¿Quién te ha hecho eso?

 

-La crápula de tu amiga, de treinta y cinco años, madre de familia.

 

-¡Vaya por Dios! Te acompaño al médico. Por cierto, ¿por qué no te curas tú mismo? Eres médico.

 

-Sí, pero hace tiempo que no sé poner una tirita.

 

A la noche, cuando regreso a mi casa, me detienen por primera vez. Fue de la siguiente manera:

 

Media hora más tarde, cuando vuelvo al piso, Ania está tirada en el suelo, llorando a moco tendido. Me

 

preocupo por su estado.

 

-¿Qué te pasa?

 

-No puedo más. ¡Te odio!

 

Estoy consolándola cuando suena el telefonillo. Lo cojo. Oigo una voz que ordena, autoritaria, imperativamente:

 

-Policía. ¡Abra la puerta!

 

-¿Has llamado a la Policía?

 

-Sí, lo he hecho. ¡No te soporto! ¡Te odio! ¡Ojalá te mueras y no vuelvas más!

 

Me doy cuenta de que todo lo del baño del niño ha sido una provocación para buscarse una coartada y llamar a la Policía. Me siento utilizado pero ya no hay remedio. Hablamos los dos con la Policía Municipal. Ella les dice a los agentes varias veces que es la causante del altercado, que me ha pegado con el teléfono, con el tacón y que me ha hecho los arañazos que llevo en la cara.

 

-Escriban eso. ¡Es mi salvación!

 

La Policía Municipal me detiene y me traslada la camisaría de la calle Rubio y Galí, donde me toman por

 

primera vez las huellas dactilares y me hacen la foto de presidiario que suele aparecer en los periódicos.

 

Mientras los agentes de uno y otro cuerpo hacen el traspaso, les recuerdo lo siguiente:

 

-Por favor, repitan aquí lo que acaba de decir mi mujer. ¡Que ha sido ella la que me ha golpeado y no a la inversa!

 

Nadie me hace caso. Al día siguiente acabo en los Juzgados de Violencia de Género. Me acusan de malos tratos a mi mujer. Pero como Ania ni siquiera se ha molestado en acudir al Juzgado a ratificar la denuncia telefónica, el asunto queda sobreseido. Ni siquiera la juez se molesta en dictar una orden de alejamiento.»

 

La vuelta al hogar, al dulce hogar, no iba resultar nada agradable. Al poco tiempo, Ania volvió a denunciarle en la comisaría. Y es entonces cuando, como se cuenta al principio, Luis echó mano de los vídeos del apuñalamiento que había grabado seis meses antes.

 

-¿Y por qué no ha presentado esas pruebas antes? –le pregunta la jueza en la que él pide que le quiten la guarda y custodia de su hijo a Ania.

 

-Por que nunca he pensado en hacerle daño a mi esposa y porque tampoco he tenido conciencia de ser una persona maltratada, aunque ahora pienso que mi mujer me ha estado esclavizando durante todos estos años.

 

La jueza, entonces, decidió retirar la custodia compartida a su mujer. La pareja, sin embargo, siguió viviendo bajo el mismo techo hasta el 15 de septiembre de 2005.

 

Aquel día, Ania se había puesto una falda negra raída y una blusa de Versace del mismo color. Coincidieron en el ascensor. Él se iba a cenar con unos amigos y ella, como siempre, estaba dispuesta a emborracharse.

 

Nada más cerrarse la puerta, Ania le miró sonriéndole y le dijo, como quien no quiere la cosa:

 

-Te jode que esté por ahí follando con otro, ¿verdad?

 

Y sin decir palabra se levantó la falda, se quitó las bragas, se las puso en el dedo índice de la mano derecha y comenzó a agitarlas como quien blande un trofeo.

 

-Mi ex marido está jodido. ¿A qué estás hecho polvo, cariño?

 

Cuando el ascensor se detuvo en la planta baja y se abren las puertas, Ania le mostró su ropa interior al

 

portero.

 

-¿A qué no sabe lo que venía proponiéndome mi marido? ¡Que nos fuéramos de crucero por ahí, a joder otra vez juntos!

 

Esa noche, al regresar a casa, se encaró por última vez con la que fuera su pareja desde 1996 hasta 2005.

 

-Recoge tus cosas y vete de aquí. ¡Para siempre!

 

Y sólo entonces pensó que llevaba nueve años haciendo el primo. Había vivido con alguien de quien había estado enamorado durante muchos años. Aunque la vida era un continuo tormento, aguantó porque había querido a la persona con la que se había casado. En su agenda escribió lo siguiente:

 

«Aunque mucha gente no lo sabe, no es fácil separarte de alguien a quien amas y es la madre de tus hijos. Aunque no lo hayas provocado tú, su fracaso es tu propio fracaso.»

 

Cuando empieza una situación de violencia, no sabes dónde estás metido. Es lo que los franceses llaman una folie à deux, la locura de dos personas que han perdido todo contacto con la realidad. Cuando, además, eres consciente de que la ley no ampara a ambos cónyuges sino sólo a uno, sabes que estás perdido y te desquicias.

 

Eres consciente de que en cualquier momento, como les ha ocurrido a muchas otras personas, por cualquier cuestión tonta se te puede ir la olla, no aguantas un empujón y lo repeles y te vas derecho a la cárcel, pero aguantas.

 

Todo ello te ocurre porque eres hombre, porque tienes una ligera diferencia en el par 22 de los cromosomas. Mientras ella tiene el XX, tú el XY. En este país, eso te convierte en un individuo culpable de matar a Manolete si éste hubiera sido mujer.

 

La noche siguiente al 15 de septiembre Luis entró en Internet. El buscador Google le llevó a una página de un célebre colega suyo de California, Estados Unidos.

 

Se había suicidado en su casa de Los Ángeles. Su muerte había causado una conmoción tremenda entre la comunidad científica y médica de la nación más poderosa del mundo. Una persona alegre, jovial, comprensiva y siempre dispuesta a ayudar a todo el mundo.

 

Al descubrirse su diario íntimo, algo inaudito saltó a las páginas de los periódicos de Estados Unidos y sigue alimentando a las cadenas de televisión años después.7

 

La causa del suicidio del insigne sucesor de Galeno, el médico de la corte de Marco Aurelio, de Heráclito, Hipócrates y tantos médicos famosos, que tantas vidas había contribuido a salvar durante el tiempo que estuvo en el mundo de los justos, eran los malos tratos que le infligía su mujer desde hacía nada menos que veinte años.

 

Otro colega suyo tenía un gran porvenir por delante como médico. Urólogo, de cuarenta y tres años, profesor de la Universidad de Nueva York, experto en impotencia y autor de trece publicaciones clínicas, Harry Reis se tomó una fuerte dosis de narcótico y se suicidó. «Teníamos problemas familiares y llevaba algún tiempo buscando ayuda», declaró su mujer, Carla Fine.

 

En 2004, un cirujano del Arkansas Children’s Hospital que había sido expulsado del centro se suicidó con una dosis de anestésicos y bourbon. El doctor Jonathan Drummond-Webb dejó escritos cinco folios explicando su suicidio. «No importa. Para mí ha sido un regalo salvar a los niños. El mundo no me entiende. ¡Adios, mundo cruel!»

 

«Es una loca paradoja -afirma el doctor Michael Myers, profesor de la University of British Columbia, espe-cialista en la materia-. Nuestro trabajo es ayudar a la gente, pero no sabemos cuidarnos a nosotros mismos.»

 

Cada año entre cien y ciento cincuenta médicos se suicidan en Estados Unidos. «Representa más del doble de una típica clase de Facultad de Medicina», escribe Jim Ritter en el Chigago Sun Times. El 50 % de los casos han dejado notas escritas en las que narran malos tratos de sus mujeres u otros problemas familiares.

 

El resto son despidos originados por denuncias contra los hospitales por parte de muchos pacientes.

 

El doctor Nicholas Bartha murió el 15 de julio de 2006 por las heridas causadas después de saltar desde su piso de Manhattan a la calle. El médico llevaba meses luchando para no tener que deshacerse de su casa tras un proceso de divorcio. Antes de lanzarse al vacío le mandó a su ex mujer un correo electrónico: «Siempre te dije que sólo saldría de esta casa con los pies por delante.»

 

¿Cuántos médicos se suicidan anualmente en España por los malos tratos de sus mujeres? No hay cifras oficiales ni oficiosas. Jesús8 se siente afortunado. Ha superado una etapa de malos tratos de su ex mujer y hoy puede contarlo. Jesús fue capaz de romper las cadenas del maltrato. Lleno de heridas y de cicatrices invisibles, hoy es un hombre libre. Tiene que vivir en comisarías, juzgados y otras instituciones oficiales.

 

Hace treinta años, cuando el autor se instaló en Madrid, una abogada amiga sufrió un intento de violación en las cercanías de la plaza de Roma. Empleada en los servicios jurídicos de la Seguridad Social, fue a la comisaría de Ventas a presentar la denuncia. Los funcionarios trataron de disuadirle de que lo hiciera. Ante la insistencia, uno de ellos metió con malas ganas un folio en blanco en la máquina de escribir y comenzó a redactar la denuncia, rodeado por sus compañeros, todo ellos hombres.

 

-¿Y le vio usted el miembro viril? ¿Llegó a sacar el miembro viril?

 

-Sí, claro. Me arrinconó, se bajó la bragueta y sacó aquello.

 

-¿Y de qué tamaño era aquello? ¿De unos treinta centímetros, más o menos?

 

-preguntó el inspector.

 

Tímida, ante una serie de preguntas que no venían a cuento, la chica exageró un poco.

 

-Sí, eso, eso.

 

Era comprensible que, atemorizada, en una situación de violencia sexual, la joven no supiera distinguir la fantasía de la realidad y percibiera un pene grande, amenazante.

 

Los policías no entendieron sus temores, su confusión. Una carcajada generalizada se produjo en la comisaría.

 

El inspector de guardia sacó el folio, lo rompió y le dijo a la chica:

 

-Ande, márchese. No nos haga perder el tiempo y, especialmente, no haga el ridículo.

 

La joven se marchó. Si dura fue la humillación del intento de relaciones sexuales no consentidas, más dura fue la consternación que le ocasionaron en la comisaría. Eran los años setenta, los policías de entonces eras los más machistas entre los machistas.

 

La situación, hoy, es parecida. Si un hombre va a denunciar malos tratos por parte de su pareja suelen brotar sonrisas incrédulas e irónicas en los rostros de los funcionarios públicos.

 

-No me creo lo que está contándome. ¿Dónde tiene usted los cojones?

 

Diecisiete años después de que el Congreso de los Diputados aprobara la primera Ley de 1989, encaminada a endurecer el Código Penal contra los hombres, la indefensión se ha vuelto en contra de ellos mismos. En 2006, una espada de Damocles en forma de cárcel, destierro, odio, exclusión social, ruina y tragedia pesa sobre la mitad de la población española. Lo verás en los siguientes capítulos.

 

 

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